sábado, 12 de junio de 2010

Hay que sacarle el llando a la muñeca


Yo ya no puedo sorprenderte, claro, porque no llego a vos en el primer momento, caminando con pasitos de aire por los breves senderos de la infancia, ni viajan por mi piel, como arañas de luz, las manos de mi mamá; ni me hace los moños de las trenzas mi abuela...
Yo ya no puedo sorprenderte porque tu cuerpo viajó por entre los vestidos floreados de las muchachas doradas del verano, se quemó en los brazos, fue marcado por dientes y por uñas de mujeres.
Yo ya no puedo sorprenderte, claro..., porque mis palabras tienen la redondez pulida de la moneda que se fue gastando de tanto recorrer manos y bolsillos.
Entonces..., ¿por qué te enamorás de mi? ¿Por qué te sonreís cuando dibuja tu cara con mis dedos? ¿Por qué estas contento y enojado a la vez, como un niño en el día de su cumpleaños?
Yo no pedí crecer. Y vos tampoco.
Pero parece que aunque uno no quiera...
Y en ese tiempo de crecer nos fuimos dando a otros; yo no veía que vinieras caminando hacia mí. Vos no veías que yo iba a tu encuentro... porque la vida es un pasillo angosto y el futuro nos viene llegando de uno en fondo, y pasa -sólo de quedan sobre nuestros hombros, encaramados como niños tercos, los dolores terribles- . ¿Sabés?, yo no quería conocer otra gente que no fuera la gente pachorrienta del pueblo aquel de calles de tierra apisonada. Yo no quería sobresaltarme por el ruido de las bombas, por el ruido de los trenes apurados, por el ruido de las bocinas insistentes, por el ruido de las voces que insultan, por el ruido de la fe que se astilla y cae en mil pequeños pedacitos de vidrio por sobre los que caminamos descalzos sin darnos cuenta, y nos arde, y nos hiere.
¿Sabés?, yo no quería llegar a este cansancio de andar cuidándome la espalda porque el ángel guardián se voló lejos y hay que buscarlo en las canciones, en el ladrido del perro que juega con los niños en la plaza, en el apodo con que nos nombraban para llamarnos a tomar a sopa... (Pero, abuela, tapioca..., me gusta más de letras para escribir cositas a la orilla del plato, en un borde un rosas rococó y hojas verdes... Pero, abuela, tapioca..., me gusta más de estrellitas para inventar un cielo en el fondo del plato y así pensar que el techo de casa es transparente y el cielo de verdad se mira en un estanque que me puedo comer por cucharadas...).
Yo ya no puedo sorprenderte, claro..., porque conocés lo que hay dentro de todas las valijas y lo que hay dibujado en los mapas y lo que queda dibujado en los seres despude laés de las tristezas, después de las derrotas, después de las batallas.
Hombre realista y parco.
Hombre bien afirmados los pies sobre la tierra.
¿Y si yo te dijiera que sos mago?
¿Y si yo te dijiera que soy, entre tus manos, una galera de la que podés sacar flores descarzas, grillos, caracolas de mar, un pedazo de cielo de ese que solamente se estira sobre el campo?
¿Y si yo te dijiera que, a veces, cuando el silencio es completo y tu recuerdo cava un hoyo hasta quedarse acariciando mi corazón desnudo, veo el veranos cabalgando en el viento, muchacho azul embarullándome el pelo?
¿Y si yo te dijiera que de mi infancia solamente recuerdo una muñeca con la cara de loza, una dulce muñeca que lloraba lágrimas de verdad; y que recién ahora, desde que te conozco, me he inventado un montón de cosas verdaderas con olor y con forma y con aliento humano para llenar los huecos en donde no había nada?
Vení, con tu pañuelo sécale el llanto a la muñeca. Y decime que aunque no pueda sorprenderte ni asombrarte con nada vas a quererme igual, vas a ser igual mago, vas a escuchar mis inventos de niñez y jardines y alegrías y vas a tratar de convencerme de que no era verdad que mi muñeca lloraba por mirarme tan triste (porque eso fue lo único que sucedió realmente cuando yo era pequeña).


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