
Hemos repasado el menú varias veces, estoy segura de que pedirás un lomo a la pimienta "a punto" con papas a la crema, y yo, como resignada, me inclinaré por una omelette fines herbes. Hay mucho trabajo en la cocina, dice el mozo, entonces otro lomo.
Entra y sale gente. Mujeres con polleras hasta el piso o la mitad del muslo. Hombres con cabelleras de muchachos y remeras apretadas. De pronto quisiera comentarte algo un chiquilla tan parecida a Celina ... pero estás siguiendo con los ojos los movimientos malabares del mozo del vino que sirve la mesa de al lado. Enmanteco un trozo de tostada y lo mastico, mas por gula, por ansiedad, que por hambre.
No necesitás que te llame la atención de ésa que entra por el parecido con Claudia Cardinale. Los veinte le saltan por lo brazos, se le escapan por los pechos, suenas como cascabeles. Va sin corpiño. Se le nota. Lo notan todos.
Una envidia que no es envidia precisamente por ella, me enturbia.
Envidio un tiempo irreversible, unos pasos que no pueden ser repasados. Si me suelto el elástico delsoutien, mis pechos no llegarán aún a mi cintura, pero me alargarán con un gesto de tristeza.
Ya no podré entrar nunca en un restaurante con esa risa anunciadora de las cosas que pueden suceder o sucederán, sencillamente.
- Aquí, Alejandra, aquí- y él descorre la silla para que ella se siente.
Hablan. No paran de hablar. Cuchichean. Dan vuela las cabezas, se ríen fuerte.
Mezclan milanesas con fideos a la manteca negra y un jarra de blanco de la casa...
La has olvidado pronto. Extendés la servilleta sobre tu pantalón.
- No sé por qué uno tiene la maldita costumbre de salir los sábados, habiendo otros seis días en la semana- filosofás hondamente.
- No salimos "tantos" sábados. Hace tres meses que no íbamos a ningún lado.
Tu respuesta es un encogimiento de hombros y el ruido de un pedacito de tostada triturada por tus sanos dientes que hacés revisar casa seis meses y cepillás cincuenta veces hacia arriba y abajo todas las mañanas.
Alejandra se saltea las tostadas, se saltea los platos vacíos y sus dos manos van a parar al nido moreno de las manos de él.
Por debajo de la mesa miro indiscretamente su piernas rozándose, tropezándose, jugando un juego aparte del de su manos, sus risas, su palabras.
- El lunes tengo que levantar el documento de Gutiérrez, y Gervasio todavía no me trajo el cheque...
Podría replicarte que me importa un pepino, pero muevo la cabeza como si la preocupación me invadiera desde el pelo hasta los pies.
Por fin los lomos, las papas sabiamente recalentadas, "por favor sal, mozo". Mientras masticamos no hay necesidad de hablar. Es como estar eximidos de buscar excusas por un rato.
La botella de borgoña se esfuma en un momento. Nunca me gustó el vino. Pero esta noche tengo ganas de dormir como un tronco.
Alejandra no para de hablar. Lo tiene al muchacho suspendido de los pajaritos celestes de sus palabras. Por encima de la mesa, un campanario y un cielo. Por debajo, un campo de rosales.
Pero si no hace tanto tiempo. Yo me acuerdo. Yo lo he vivido. Así, bullente, fresca, torpe, omnipotente. Creyendo, además, que todos esos gestos eran inmortales, repetibles, incansables; que no envejecerían.
Y doce años después, fijate vos, Alejandra, mirá esa pareja muda en la mesa de al lado. "¡Qué aburridos! ¿A qué vendrán?". A comer, a masticar un pedazo de silencio, a navegar en borgoña...
Y no podría explicarte cuándo empezó. Qué día, a qué hora. Cuál fue la primera vez que en lugar de discutir dije "tenés razón" y me quedé callada.
Cuándo fue la primera vez que me enrollé en la sábana para que no me despertara esa noche; ni la vez que estrené un camisón impregnado de dioríssimo y él se quedó dormido antes de que me metiera en la cama.
Tampoco puedo decirte que no me quiere o que no lo quiero. Podría darte un ejemplo: hay pájaros brillantes, multicolores, bellos...; nuestro amor de ahora es tan sólo un gorrión.
De mí, a él le debe fastidiar ciento de cosas. Las tolera, más que por costumbres, por falta de voluntad para enumerarlas o echármelas en cara.
De él... de él me fastidia esa capacidad absurda de los hombres para "desconectarse" en medio de una discusión y dormirse, y esa otra capacidad terrible de olvidar las afrentas a las cuatro de la mañana y arrancarme el sueño con caricias que rechazo, que insisten, y al fin... todo cae en un torrente que me arrastra y me gusta y me disgusta y nos devuelve a cada uno en su orilla: él regresando al sueño y yo, a mi rabia hecha de soledad e insomnio.
Has vuelto a dormirte y yo me aburro dando vueltas, enciendo el velador, roncás descaradamente y te sacudo para que te pongas de costado. Voy a la cocina, quisiera algo dulce, pero en la heladera solamente hay agua y un porrón de cerveza. Me tomo la cerveza para que me dé sueño.
Tan sólo doce años, Alejandra. "Nada más que con mirarnos ya sabemos lo que nos queremos decir". No. Rebelate, Alejandra. Son mentiras. Con la mirada no se dice todo. Ni con la sonrisa. Ni con las manos apretadas. Ni con el juego de piernas debajo del mantel.
Es con todo junto que se dice todo. O nada. O la piadosa, torpe, remanida mentira de que "me voy encima de vos porque te quiero ¿ves?", y es solamente porque, después de doce años, los resortes del colchón están cedidos en el medio de la cama, y a veces nos despertamos apretados en un pozo, como si hubiéramos estado, a lo mejor, en sueños, abrazados.
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